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THOMAS BATA: A 50 años de un hito jamás repetido

Ni antes ni después. Nunca. Sólo a fines de agosto de 1967, hace justo 50 años, el equipo de Thomas Bata consiguió un hecho histórico, impensado siquiera soñarlo por nuestros días; ser campeón sudamericano de clubes.

El torneo se jugó en el gimnasio Sokol de Antofagasta y al principio, según rezan las crónicas de la época, no llamó la atención del público nortino, el que se arrepintió en las finales, cuando se veía que los chilenos podían levantar la corona.

Thomas Bata de Peñaflor llegó al torneo como campeón del Nacional de Clubes que se había jugado en el Sokol, pero de Punta Arenas. En Antofagasta, los de Peñaflor vencieron holgadamente a Ingavi, de Bolivia (90-56), a la selección Antofagasta (85-48) y a Ciudad Nueva, de Paraguay (69-49), pero tuvo duros lances ante Juan Bautista Alberdi, de Tucumán, Argentina (58-53), Botafogo, de Brasil (61-58), y en la final con Welcome, de Uruguay (65-61).

Varios de los protagonistas ya han fallecido y otros están complicados con su salud. Pero no todos: tres protagonistas, Luis Lamig, Juan Lichnovsky y José Pletikosic, recuerdan como si hubiera sido ayer ese campeonato y comparten sus recuerdos con El Deportivo.

Lamig, de 77 años, aún afincado en Peñaflor, asegura que de ese torneo tiene “los mejores recuerdos, lo más grande que me ha pasado, teniendo en cuenta que estaban los campeones de Argentina, Uruguay, Brasil… Es lo más grandioso que ha pasado”.

“El partido más difícil fue contra Botafogo, por estatura, por su rebote, era muy difícil y lo sacamos adelante”, recuerda Lichnovsky, quien también, a los 74 años, vive en Peñaflor, a pocas cuadras de Bata, la empresa que se la jugó por años con el deporte y de la que fue funcionario.

El hijo de inmigrantes checoslovacos da luces de cómo era ese plantel: “Teníamos un equipo reducido, con gran diferencia entre los titulares y los reservas. Yo me calentaba ligerito, me faltaba esa clase, así es que me llenaba de faltas y perjudicaba al equipo”.

“No era un plantel de grandes figuras, ni tenía extranjeros. La clave fue la garra, la decisión de ganar cada partido, sobre todo la final, contra los uruguayos”, recuerda Pletikosic, de 75 años, en su departamento en Providencia.

“El equipo era bien homogéneo, con un buen entrenador. Los titulares eran Lichnovsky, Valenzuela, Pletikosic, Pando y yo”, recuerda Lamig.

No todos los jugadores eran trabajadores de Bata. Pletikosic lo fue sólo un par de años, pero recuerda que arribó al equipo más por sus condiciones de basquetbolista que profesionales, pues estaba recién titulado: “Yo llegué a Bata por el juego. Ellos no sabían si yo iba a rendir o no en un trabajo”. El equipo entrenaba día por medio, pues se jugaban partidos oficiales los martes, jueves y los fines de semana.

En algunos aspectos, las cosas eran distintas en 1967 a la época actual. En la ceremonia inaugural todos los planteles fueron aplaudidos por el público y todo el gimnasio le cantó el cumpleaños feliz a un brasileño, Pimentel.

En la cancha, también había diferencias. Lichnovsky recuerda que “en esa época uno no podía tocar la malla ni el aro, perdías la jugada y el gol. Había gigantes, de dos metros 18, como un ruso, pero hoy es distinto, pues un jugador de más de dos metros tiene la misma habilidad que uno de 1,80. Los partidos los ganaba el que dominaba los rebotes”.

Para Pletikosic las cosas hubieran sido diferentes si se hubiera dado tres puntos a los tiros lejanos. “Mi especialidad era lanzamiento-retención, en esa época no había de tres puntos, hubiera hecho algunos, apuntaba bien. Igual no era muy alto. Medía un metro y 85. Para la estatura internacional era ahí no más”.

Quien luego brillara con la Unión Española agrega que “en esa época se jugaba por amor a la camiseta, era todo muy primario. Uno se enfermaba, se resfriaba e iba a jugar igual. Ahora es más exigente, antes era más informal. Claro, había entrenamientos, algún chequeo médico, pero era todo rudimentario”.

En algo coinciden los tres: el mejor del equipo era Francisco Valenzuela. Lichnovsky, tío de Igor, el futbolista formado en la U, señala que “el chico Valenzuela era sumamente hábil, esa persona con una vista periférica, es como el (Jorge) Valdivia del fútbol y sabe dónde estás y si no estás pendiente, ¡paf!, te llega la pelota en la cara”.

Pletikosic lo confirma: “Yo jugaba adelante, un alero, después fui jugando de conductor. Pero en este torneo prácticamente fui lateral (escolta de la época), porque esa función era de Valenzuela, que tenía mucha habilidad en el manejo de pelota, en la intención de pase y también con mucha puntería”.

Nunca antes un equipo chileno había sido campeón continental y en el plantel peñaflorino lo sabían. Mirando su libro lleno de recortes de la época, Juan Lichnovsky asegura que “íbamos con la idea de participar, pero teníamos un buen equipo. Y tuvimos un poquito de suerte, porque el mejor de Botafogo tuvo que irse por un problema de familia y eso ayudó. Pero íbamos bien preparados y teníamos a Juan Arredondo de entrenador”.

Los tres entrevistados señalan al DT como uno de los factores fundamentales de la victoria en el Sokol antofagastino.

Lamig comenta que “jugábamos de memoria, teníamos cinco jugadas para hacer un gol (puntos). Si no salía una, salía otra, cada uno tenía su función. Valenzuela indicaba con los dedos cuál jugada y dependía de eso lo que tenía que hacer cada uno. Esa fue una idea de Juan Arredondo”.

Pero no sólo en la cancha el coach fue fundamental. También tuvo la visión para manejar a un plantel en parte complicado. Varios jugadores eran algo desordenados, les gustaba beber o salir a bailar por las noches y Arredondo supo controlarlos.

Luis Lamig se reconoce como uno de esos desordenados, pero el DT sabía ocuparse de eso: “Éramos muy buenos compañeros y don Juan Arredondo, aparte de ser el entrenador, era como el papá de todos. Tenía una personalidad única, muy buen entrenador y bien asequible para nosotros. Nos cuidaba, yo era bien desordenado, pero él me juntaba con Juan (Lichnovsky) que era más ordenado. Entre los dos nos cuidábamos”.

Al parecer, el público no mostró mayor interés en los primeros días del campeonato. Para Pletikosic, nacido en Antofagasta, era porque “el gimnasio Sokol es muy grande, aparatoso, difícil de llenar”. Lichnovsky comparte una anécdota. “En esos días estaba la Miss Chile en Antofagasta y no nos daba ni la hora. Las chiquillas estaban todas con los brasileños, pero cuando vieron que íbamos para campeones quisieron acostarse con nosotros y las mandamos… chao nomás”.

La violenta final

Welcome de Uruguay, con el habilidoso Washington Poyet (padre de Gustavo, el ex futbolista) como gran figura del equipo, fue el rival de Bata en la final.

“A Poyet lo conocía”, dice Lichnovsky, “en un Sudamericano llegó con las rodillas llenas de costras e igual se tiró al suelo para agarrar un balón. Queda sangrando, toma la pelota y me dice: ‘Uruguay, mierda’”.

El gimnasio estaba lleno y afuera la gente reclamaba por haberse quedado sin entradas para el partido.

Se esperaba un duelo con roce, pues los basquetbolistas uruguayos tenían fama de llevar el partido fuera de la cancha para imponer sus términos.

La final del Sudamericano de Clubes Campeones debió terminarse antes de tiempo. Según la revista Estadio de la época, quedaba un minuto y ocho segundos; de acuerdo al recuerdo de los entrevistados, sólo algunos segundos, que no hubieran cambiado el resultado del duelo.

Estaba Bata arriba 65-61 cuando le cobran falta a favor a Valenzuela. Los uruguayos no estaban de acuerdo y por algún motivo se armó una gresca. Algunas crónicas dicen que Poyet agredió al juez paraguayo y otras que los árbitros sintieron que podía ingresar también el público. Como sea, dieron por finalizado el compromiso.

Pletikosic dice que “fue un partido muy fuerte, de encontrones, de peleas, de entrar gente a la cancha. Cada vez que había una posibilidad de agresión, se producía”.

Tras el éxito, el equipo tuvo una recepción de héroes en el aeropuerto de Cerrillos y después, del alcalde y otras autoridades, en la plaza de Peñaflor. “Nos hicieron bajarnos en la calle y caminamos a la plaza, para que la gente nos aplaudiera”, recuerda Lamig.

Nunca más Chile gritó campeón de clubes. Pletikosic comenta: “Me sorprende. Siempre nos acordamos con los amigos de la importancia de esto dentro del básquetbol. Conseguir un título es difícil, sobre todo en nuestro medio, que nunca ha sido el mejor en Sudamérica. En esos años estaban por encima no sólo Brasil y Argentina, también estaba encima Perú. Si éramos cuartos o quintos en un Sudamericano, bien”.

También Bata desapareció. Lichnovsky construyó un gimnasio para el club, en 1994, “para celebrar los 100 años de Bata, pero en 1998 me fui y quien me reemplazó no le gustaba el deporte: la cancha se arruinó”. No sólo eso, también el club, que hoy es sólo un recuerdo para Lamig y Lichnovsky, que a veces se topan en la plaza de Peñaflor, y para Pletikosic, en las reuniones que la familia del básquetbol hace cada miércoles en un restorán de Vicuña Mackenna. Un recuerdo y un orgullo.

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